Título del original en Inglés:
The Autobiography of Elder Joseph Bates
Publicada originalmente en inglés por la Asociación Publicadora Adventista del Séptimo Día, Battle Creek, Michigan, 1868
© 2017 Adventist Pioneer Library
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Jasper, Oregon, 97438, USA
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Apoyo: Centro de Investigaciones Elena G. de White – Brasil
Traducción: Rolando Itin
Revisión: Miguel Valdivia
Diseño: Uriel Vidal
Nota del traductor: Las distancias sobre tierra firme han sido traducidas
usando el equivalente de las millas terrestres (1 milla =1,6 km), y las distancias marinas, con el equivalente a la milla marina (1 milla marina =
1,85 km).
Impreso en EE.UU. / Printed in USA
Abril, 2017
ISBN: 978-1-61455-050-1
Capítulo 1:
Ascendencia – Nacimiento – Residencia – Primer viaje al extranjero – Hurl Gate – London Water para marineros – La historia del Sr. Lloyd – el Sr. Moore y su libro – Diario del mar – Al agua – Tiburón
Mi honorable padre y sus antepasados residieron por muchos años en el pueblo de Wareham, condado de Plymouth, Estado de Massachusetts. Mi madre era hija del Sr. Barnebas Nye, del pueblo de Sandwich, condado de Barnstable; ambos pueblos estaban a solo unas pocas horas a caballo del famoso lugar de desembarco de los Padres Peregrinos.
Mi padre fue voluntario en la Guerra Revolucionaria, y siguió en el servicio de su país durante su lucha de siete años. Cuando el General Lafayette visitó de nuevo los Estados Unidos en 1825, entre las muchas personas que pugnaban por darle la mano en las salas de la recepción de la ciudad de Boston, estaba mi padre. Al acercarse, el general lo reconoció, y le tomó la mano diciendo: “¿Cómo está, mi viejo amigo, Capitán Bates?” Alguien preguntó: “¿Usted lo recuerda?” La respuesta fue más o menos la siguiente: “Ciertamente; estuvo bajo mi mando inmediato en el ejército norteamericano”, etc.
Después de la guerra, mi padre se casó y se estableció en Rochester, un pueblo vecino, en el condado de Plymouth, donde nací, el 8 de julio de 1792. En la primera parte de 1793 nos mudamos a New Bedford, a poco más de once kilómetros [siete millas] de distancia, donde mi padre entró en el comercio.
Durante la guerra con Inglaterra, en 1812, el pueblo de New Bedford se dividió, y la parte este se llamó Fairhaven. Este siempre fue mi lugar de residencia, hasta que me mudé con mi familia a Míchigan, en mayo de 1858.
En mis días de escuela primaria, mi mayor deseo era llegar a ser marinero. Solía pensar cuán agradecido estaría con solo subirme a bordo de un barco que saliera en un viaje de descubrimiento alrededor del mundo. Quería ver cómo lucía el otro lado. Siempre que pensaba en pedir a mi padre su consentimiento para embarcarme, mi valor me abandonaba por temor de que dijera no. Cuando compartía mi obsesión con mi madre ella trataba de disuadirme, y me recomendaba otra ocupación, hasta que al fin se me permitió ir en un corto viaje con mi tío a Boston, etc., para curarme, pero esto tuvo el efecto opuesto. Fue entonces que aceptaron mis deseos.
Un barco nuevo llamado Fanny, de New Bedford, con Elías Terry como comandante, estaba a punto de salir para Europa, y él acordó con mi madre llevarme en el viaje como grumete.
En junio de 1807, zarpamos de New Bedford, para recibir nuestra carga en la ciudad de Nueva York, para Londres, Inglaterra. En nuestro camino a Nueva York pasamos por el canal de Nueva York. En esta ruta, a varias millas de la ciudad, hay un paso muy angosto y peligroso, con rocas del lado derecho, y una orilla llena de rocas por la izquierda, llamada “Hurl Gate” [Puerta de lanzamiento]. Lo que lo hace tan peligroso es la gran corriente que pasa por este estrecho canal. Al subir y bajar la marea en cada dirección, fluye con tanta impetuosidad que pocos se atreven a aventurarse a navegar en contra de esa corriente si no tienen un viento estable y fuerte a su favor. Por falta de vigilancia y cuidado muchas embarcaciones han sido apartadas de su curso por esta espuma rugiente, y arrojadas contra las rocas, destrozadas y perdidas en pocos momentos. Los marineros lo llaman “Hell’s Gate” [Puerta del infierno].
Cuando nuestro gallardo barco nos acercaba a la vista de este lugar terrible, el piloto tomó a su cargo el timón, y solicitó que el capitán llamara a cubierta a toda la tripulación. Luego nos ubicó en diversas partes del barco, con el propósito de manejar las velas en caso de una emergencia, de acuerdo con su juicio. Luego nos pidió que nos mantuviéramos en silencio al pasar por este paso peligroso, para que pudiéramos comprender mejor sus órdenes. De este modo, cada hombre y muchacho en su puesto, con sus ojos fijos silenciosamente en el piloto, esperando sus órdenes, nuestro buen barco atravesó volando las aguas espumosas, y pasó con toda seguridad hasta anclar frente a la ciudad.
El conocimiento experiencial y completo de nuestro piloto, su conducción de nuestro airoso barco con toda seguridad a través de ese peligroso canal de entrada, con la atención silenciosa y expectante de su tripulación, quedaron estampadas profundamente en mi mente. La prontitud y la acción en tiempos peligrosos en el océano, con la bendición de Dios, han salvado a miles de almas de una tumba líquida.
Nuestro buen barco fue cargado con trigo de calidad, a granel, por sus escotillas. Se temía que se hundiría por su pesada carga. En la víspera de nuestra partida, el Sr. M. Eldridge, entonces nuestro maestre principal, venía en dirección al barco en la oscuridad de la noche, con una linterna encendida en su mano, cuando cayó del tablado al río, entre el barco y el muelle, donde la marea corría a la razón de seis a nueve kilómetros por hora [tres a cinco millas por hora]. El Sr. Adams arrojó al azar una soga enrollada bajo el muelle, y afortunadamente aquel la pudo agarrar, y después de algunos esfuerzos, fue izado a cubierta. Cuando pudo recobrar el aliento, lamentó la pérdida de su farol nuevo. Dijo el Sr. A.: “¿Qué dice, señor? Lo tiene en su mano”. Si hubiera sido una bala de cañón, es muy probable que lo hubiera llevado al fondo, pues las personas que se están ahogando se aferran mortalmente a lo que tienen en sus manos.
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